Hay ciertos encuentros en la vida que se resisten a toda definición. El silencio de una sala iluminada con velas, el aliento del jazmín a medianoche, las palabras de un poeta que parecen conocernos más íntimamente de lo que nos conocemos a nosotros mismos. El perfume y la poesía pertenecen al mismo reino excepcional: ambos intangibles y, sin embargo, profundamente sentidos. Ambos son fugaces y eternos, efímeros pero perdurables, y no viven en el mundo tangible, sino en la memoria, la imaginación y la emoción.
Las artes invisibles
Un poema no vive en la página, sino en el momento en que se recita en voz alta, flotando en el aire como el humo. Un perfume no existe en el frasco, sino en el instante en que toca la piel, desplegándose en capas de revelación. Ambos son artes invisibles, concebidos para conmovernos más allá de la razón, creados a partir de fragmentos —palabras o notas— dispuestos en armonía.